Por: Claudia Mosquera Rosero-Labbé*

En Colombia, cuando hablamos de racismos, de discriminación racial y de desigualdades raciales aparecen hostilidades y gestos que informan una profunda negación colectiva de la importancia de estos temas en la vida nacional.El país hace parte de un conjunto de naciones latinoamericanas que cimentaron su identidad nacional en el legado hispánico y en la negación de indígenas y negros.
Desde hace 200 años el discurso político e intelectual criollo está cargado de inclusión igualitarista retórica y de reales exclusiones racistas, sexistas, clasistas y regionales.
Los portentosos mitos de la igualdad y mestizaje racial impiden ver los nefastos impactos de los racismos en las relaciones interculturales.
Urge iniciar por lo básico. Es decir, reconocer la existencia de dichos racismos, castigar las prácticas de discriminación racial y ponerse al día con una tarea pendiente desde hace varios años: Colombia suscribió la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial, en la cual se le obliga a penalizar la discriminación racial.
El proyecto de Ley que hoy se discute bajo la iniciativa del Movimiento Mira, y aprobado en la Comisión primera va en la dirección correcta inicial.
La discriminación racial posee características que la distinguen de otro tipo de discriminación y se torna aún más opresiva cuando se entrecruza con la discriminación de género y social.


