lunes, 4 de abril de 2011

NEGROS, BLANCUZCOS, AINDIADOS

Fuente: http://www.elespectador.com/impreso/columna-259243-negroides-blancuzcos-aindiados

Por: Héctor Abad Faciolince. 27 de Marzo

SI COMPARTIMOS EL SUEÑO DE UN país donde “las diferencias raciales carezcan de importancia” (y en esto la biología nos da la razón pues diferencias que a la vista parecen muy grandes, a nivel genético son despreciables), no deberíamos enfrascarnos en la discusión de si yo soy más racista que usted o usted más racista que yo, sino que deberíamos discutir cuáles son las herramientas políticas y culturales para que lleguemos a ese tipo de sociedad en la que el aspecto exterior (color, nariz, tipo de pelo, ojos redondos o rasgados) no sea motivo de discriminación negativa.

Tres académicos serios y a quienes respeto —Rodrigo Uprimny, César Rodríguez, Jaime Arocha— han centrado su crítica a mi columna de hace 15 días (“Certificado de negro”) en la defensa a ultranza —o con matices— de la famosa “acción afirmativa”. Dentro de mí combaten, al mismo tiempo, la simpatía y el repudio por este tipo de intervenciones estatales.

Tengo una amiga del Pacífico a la que en Boyacá le dicen “Sumercé negra”. Ella ha llegado por sus méritos humanos y profesionales a tener un buen puesto, y vive, sin repulsa ni resentimiento, en un edifico habitado prevalentemente por blancuzcos. A ella le gustó mi ataque al “certificado de negro” porque ella ha llegado a donde está por el esfuerzo y no gracias a ninguna discriminación positiva. Si esta fuera general, siempre que un negro o un indígena alcancen cierta posición de relieve —en la universidad, en la administración pública— en el ambiente estaría viva la sospecha de que no están ahí por sus méritos sino por haber sido favorecidos por un sistema de cuotas. Y esto, en lugar de combatir el racismo, lo alarga.

Pero el mayor problema de la acción afirmativa a favor de grupos étnicos es que —a diferencia del caso de las mujeres, a las cuales no hay que pedirles un certificado sexual— para poder hacer efectivo el derecho se necesita un trámite administrativo que no es otra cosa que un certificado racial, expedido por no se sabe bien quién o qué. Tengo otra amiga —mestiza—, que vive desde hace decenios en una población del Pacífico, en medio de una comunidad negra. Pues bien, a ella no la dejan asistir a las reuniones comunitarias porque no es negra auténtica, y además no se le permite comprar la casa donde vive porque sin ese certificado racial no puede tener allí propiedades. La pequeña camarilla que maneja el asunto de los certificados, le perdona la vida y “tolera” que viva allí, pero como una paria.

Ustedes dirán que estos son los efectos colaterales indeseados de una iniciativa buena. Yo creo que estos tales certificados raciales —de indígena, de afrodescendiente, de ariodescendiente si lo hubiera— lo que generan es unas mafias que se aprovechan de mecanismos estatales de “acción afirmativa”, y los canalizan hacia una propia clientela de parientes y amigos. Y producen también corrupción, pues estos certificados se pueden comprar.

Nunca he negado que en Colombia haya racismo y discriminación, dirigidos sobre todo contra personas de piel más oscura (aindiados, negroides). Pero me parece que lo que más sirve para alcanzar una sociedad no racista es celebrar lo que los racistas (de cualquier color) más detestan: la mezcla, los matrimonios mixtos, interraciales. Considero que la más completa negación del racismo es el amor interracial. Cuando el negro ama a la blanca, cuando la negra ama al indio y la india al blanco, todos los remilgos, las suspicacias y todas las repulsiones más o menos instintivas que vienen con el aparato cognitivo humano, tienden a desaparecer. Esa mezcla se llama mestizaje.

No es un mito que las excolonias españolas (por virtud o por necesidad) fueron y son menos racistas que las excolonias anglosajonas. Yo me temo que aquí hay demasiados académicos que, basados en los escritos teóricos de los gringos, o en su turismo surafricano, nos imponen categorías que no funcionan bien en un país de negroides, blancuzcos y aindiados.

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